Cuentos recontados, distorsionados, deformados… para bien.
Escrito por Kristina Tešija

En Twisted Tales, que en inglés sería algo así como «Cuentos Deformados», vemos recontados los cuentos de toda la vida; retorcidos, distorsionados… pero para que sean como deben ser.
La edición de tapa dura del cuento «deformado» Cinda Real (Dora Vagić y Sara Božanić) llegó a mis manos casi por casualidad como una solución pragmática a un problema llamado «qué regalarle al hijo de unos amigos que han sido padres». Es una historia que se opone al cuento de hadas clásico y canónico La Cenicienta y ofrece una versión alternativa aderezada con ilustraciones alegres, oníricas y casi palpables (Dalibor Kazija). Al instante me pareció una elección magnífica para que los pequeños lectores crezcan y se conviertan en jóvenes empáticos y valientes.
Una vez oí decir que los niños que leen, al crecer, se convierten en gente que sabe pensar. Me pareció que sonaba bastante bien, así que yo misma he usado esta frase para intentar animar a mis estudiantes para que se aficionen a la lectura. Aunque cada vez más me pregunto cómo podemos conseguir que los niños acaben siendo gente que no solo sepa pensar, sino que también sepa sentir y empatizar. ¿Qué historias debemos contarles, cómo contarlas, cómo los animamos a que expliquen sus propias historias pero que igualmente escuchen a los que son distintos a ellos, a sus historias, y a verse reflejados también en ellas?
Tras leer el cuento ilustrado Cinda Real, visité el sitio web de los creadores, que aparece en la contraportada del libro, y descubrí que existe un universo entero lleno de ideas dispuestas a ayudarme con las cuestiones que me inquietaban. En mi afán de respuestas, decidí enfocar el proyecto desde mis distintas perspectivas subjetivas.
PERSPECTIVA NÚM. 1: La trabajadora cultural con muchos años de experiencia en escribir e implementar proyectos a nivel nacional y europeo
Voy a empezar explicando el proyecto en términos generales. ¿Qué es, de dónde salió la idea y cuáles son sus frutos? En pocas palabras, las autoras describen su iniciativa como un proyecto de reinterpretación contemporánea de los cuentos de hadas clásicos, frase que evoca diferentes perspectivas innovadoras, pero que también nos trae a pensar en posibles enfoques nada imaginativos, ni trabajados y muy manidos.
Mi propia experiencia profesional me ha enseñado que la idea inicial acaba convirtiéndose en algo totalmente diferente a medida que el proyecto va madurando, a causa de todo un abanico de factores, entre ellos, una financiación reducida o insuficiente, la sobrecarga administrativa, dinámicas de trabajo y cambios en el equipo del proyecto, dificultades para encontrar profesionales que implementen el trabajo competentemente y, al mismo tiempo, dificultades para encontrar participantes para las actividades.
Os contaré un secreto: para aplicar con éxito un proyecto cultural (europeo) no es para nada necesario ser experto en el tema principal del proyecto. No es inusual que los proyectos los lideren profesionales de la gestión de proyectos, gente muy conectada con el sector artístico, pero que, con el tiempo, se han vuelto muy pragmáticos. Se trata de personas que piensan en el idioma de la gestión de proyectos y que pueden traducir cualquier idea en forma de texto que encaje con los requisitos del formulario de solicitud. Es decir, gente que, por encima de todo, ve esto como un trabajo y que puede idear sin ningún tipo de esfuerzo frases como «reinterpretaciones contemporáneas de los cuentos de hadas clásicos», pero que, al terminar el proyecto, me atrevo a afirmar que su legado acabará siendo tan solo un montón de basura digital en la red.
Por este motivo no es suficiente con creer en el nombre y la descripción del proyecto, su idea y su dialéctica. Están hechos para seducir y engañar y, a menudo, en realidad son solo parches que cubren deficiencias en su metodología, implementación y contenido. Por lo tanto, es necesario analizar qué frutos dejan estos proyectos culturales, creativos y educativos infantiles y juveniles: qué vida útil tienen sus materiales, cuál es su alcance y, a fin de cuentas, cuál es el valor real que ofrecen durante la infancia y la juventud.
El paquete que habitualmente acompaña el lanzamiento de la mayoría de los proyectos culturales infantiles y juveniles incluye la impresión de rigor de publicaciones sin gracia en las que se pone más atención en los logos y en los avisos legales que en el propio contenido, así como el lanzamiento de sitios web y perfiles en redes sociales cuya vida termina tan pronto como muere el proyecto y acaban por ser solo una reliquia digital y el testimonio de que «aquí se realizó una actividad». Todo lo que queda son pruebas en forma de papel, folletos de asistencia, fotos oficiales, pero también ese sentimiento que resulta tan familiar a los trabajadores precarios del sector cultural: que muchos proyectos se acaban realizando mecánicamente y muy a menudo parece que el pensamiento que les sirve de guía, tras la aprobación de la financiación y el inicio de la implementación, es: cómo finalizamos este proyecto del modo más sencillo e indoloro.
Si escrutamos los frutos del proyecto de Twisted Tales, con el primer vistazo a su página web vemos que tanto la idea como la visión están muy claras, mientras que los materiales creados a lo largo del proyecto están presentados de forma clara, alegre y accesible. Lo que sí te sorprenderá, si estás avezado a visitar sitios web de proyectos clásicos, es la falta de la jerga típica del desarrollo de proyectos; ese tipo de textos endémicos de formularios e informes. Aquí no verás biografías sobre los implementadores del proyecto ni descripciones genéricas de las organizaciones e instituciones implicadas. Aquí, la visión y la idea no son solo palabras sobre papel, sino que están implementadas mediante contenido muy reflexionado y sintetizado para llevar a cabo su papel primario y más importante: despertar el interés del visitante en descubrir el universo que ofrecen sus cuentos recontados.
El libro ilustrado que menciono es solo una parte de todo lo que ha producido este proyecto y ha puesto a disposición en su página web (una película de animación, cuentos en formato audio, música original, un método de aprendizaje creativo de desarrollo propio accesible a través de guías para profesionales de la educación y familias, una app móvil…), pero más allá del análisis de cada material, creo que es más importante destacar otro factor: el pensamiento innovador que demuestra el proyecto al articular y aplicar sus materiales. Sus cuentos no son simples historias con un principio y un final: puedes verlas, escucharlas, modificarlas y usarlas para trabajar con niños y jóvenes. Estos cuentos recontados no aspiran a ser un canon, no pretenden ser intocables. El canon está anquilosado y cubierto por una espesa capa de patrones patriarcales, los cuales, como niños ya crecidos, actualmente sabemos detectar como incorrectos y, al fin y al cabo, innecesarios. Estos cuentos recontados no desaparecen al llegar al final oficial del proyecto; cada uno tiene el potencial de transformarse en cientos de otros cuentos distintos, porque desde el principio los procesos participativos ya estaban inscritos en el corazón de la metodología como principio que nunca se abandonó, lo cual me lleva a la siguiente perspectiva…
PERSPECTIVA NÚM. 2: Una profesora con experiencia en instituciones educativas y jefa de varios programas educativos culturales informales
No nos engañemos: la participación ya no es solo aconsejable ni una línea a seguir cuando damos forma a una propuesta de proyecto; es una condición indispensable si se quiere trabajar con cualquier comunidad. Se ha convertido en algo tan habitual en procesos informales y educativos que lo usamos como una palabra de relleno y me temo que, con el tiempo, hemos olvidado su significado original.
¿Qué aspecto tiene un proceso participativo con niños y jóvenes? ¿En qué etapa deberían ser incluidos y cómo? ¿Cuánta libertad deberían tener? ¿Cómo mantenemos la estructura y conseguimos llevar la historia/proyecto a su fin? Las respuestas a estas preguntas emergen de casi todos los materiales disponibles de Twisted Tales. La participación está inscrita en sus cuentos recontados a través de conversaciones con niños, teniendo en cuenta sus ideas, comentarios y opiniones. Está presente en ilustraciones, animaciones, voces, sonidos y música. Y no se limita tan solo al gran número de niños que participaron en la implementación del proyecto; se extiende a cada niño que abra el libro ilustrado (y vea que dispone de varias páginas en blanco al final del libro para escribir su propia historia), la app para móviles (y pruebe la opción de crear y grabar su propio audiocuento de hadas con su voz) o participe en un taller basado en el método de aprendizaje creativo desarrollado por Sara Božanić y Nina Cigüt.
Llegados a este punto, es imposible no darse cuenta de que en el sitio web del proyecto aparecen más de 150 nombres de personas implicadas en la creación y producción de contenido disponible. La iniciativa no ve a los niños, los participantes de estos procesos, como un mero número en una hoja de asistencia o como indicadores numéricos del éxito en la implementación. Son coautores, sus nombres son importantes y cada contribución, por pequeña que sea, es reconocida. Estos participantes activos —niños que han sido, a la vez, público y parte en el proceso creativo desarrollado por el equipo del proyecto— de este modo se convierten en embajadores de la iniciativa, pero también perfeccionan habilidades que a menudo se pasan por alto en las dinámicas educativas institucionales. Efectivamente, estos niños se expresarán creativamente, dibujarán, cantarán e inventarán sus propios cuentos. Pero más allá de las competencias creativas y narrativas, aportarán al mundo habilidades como la escucha activa y empática, el pensamiento más allá de los marcos establecidos y el diálogo con aquellos que, por la razón que sea, consideramos diferentes.

PERSPECTIVA NÚM. 3: Una crítica de artes interpretativas, periodista cultural
A pesar de estar en tercera posición, la perspectiva que mi papel como crítica y periodista cultural me aporta me permite reflexionar sobre el propio contenido, sobre qué pueden obtener aquellas personas que no están involucradas de forma directa en la implementación del proyecto —niños, jóvenes y el público general—.
La película de animación Cinda Real fue aclamada en más de veinte festivales de cine y el reconocimiento es compartido entre decenas de personas que aparecen como coautoras en la larga lista de nombres en los créditos. Sin ellos no tendríamos esta película cautivadora, emotiva y sin pretensiones, un collage auditivo, visual y narrativo donde cada elemento es igual de importante. Cinda nos presenta la discapacidad física no solo como un obstáculo, sino también como un reto. Nos presenta a la persona que hay detrás de la apariencia física, aunque no supera algunos de los ya obsoletos patrones al respecto. En esta línea, la malvada madrastra conserva una fealdad física en su rostro anguloso, gran nariz y la característica verruga, lo que demuestra de forma patente que los estereotipos se adoptan de forma rápida y temprana, originarios de aquellos cuentos de hadas clásicos en blanco y negro. El hecho es que todas las ilustraciones de los personajes son elementos recortados y pegados a partir de los dibujos de los niños. Si la malvada madrastra tiene una nariz grande es porque los jóvenes dibujantes pensaron que ella era así. Así lo aprendieron a partir de las historias que sus madres, padres, abuelas, abuelos les leyeron; lo absorbieron de los libros ilustrados que hojearon innumerables veces antes de saber leer ni una sola palabra. Me pregunto cuánto tiempo debe pasar para que abandonemos la ecuación imaginaria que iguala personalidad con la apariencia física.
Con todo, lo que sorprende en el cuento recontado de Cinda Real es el enfoque que se da a la protagonista. Cinda no es una damisela en apuros unidimensional y su discapacidad física nunca se equipara con su personalidad. Nuestra Cenicienta realmente no necesita un príncipe que la salve; todo lo que necesita lo encuentra en sí misma. Ella se presenta en el baile motivada y guiada por su pasión por la danza y este amor destruye con éxito los fundamentos de todo cuento de hadas, la «guinda» del pastel, la promesa del amor romántico y de ver cómo «el sueño de cualquier niña» se cumple. Cuando el príncipe le pide casarse con ella, Cinda se queda muy sorprendida y no responde ni sí ni no. Solo dice lo que verdaderamente piensa: «Yo solo he venido a bailar.» De un modo muy sencillo, en una frase auténtica, Cinda rompe en mil pedazos el arquetipo de la damisela en apuros y se convierte en un personaje con el que las niñas querrán identificarse y los niños querrán tener como amiga. Además, estoy convencida de que los más pequeños se pasarán días tarareando esa canción pegadiza que pone fin a la película; una canción que —¡qué sorpresa!— es una obra original de los niños que participaron en el proyecto.
El resto de cuentos recontados, disponibles en formato escrito o audio en varios idiomas regionales además del inglés, transmiten la misma sensación. El sello del autor es sutil pero distinguible, a pesar de estar profundamente arraigado en algún arquetipo típico de un cuento de hadas. En los personajes reconocerás valores, emociones y miedos que pensabas que habías olvidado o reprimido. Los nuevos Hansel y Gretel (Boris Bakal y Pavle Perković) te emocionará con su enfoque de temáticas tan brutales como la pérdida, la muerte y el duelo, y te recordará cuántas veces has sido impaciente contigo mismo y te has obligado a ti o a otros a superar un duelo demasiado deprisa. Te hará recordar que los niños, a veces, solo necesitan que se les escuche, que a menudo no te dicen con claridad lo que les perturba, pero que siempre mandan señales, ya sean sutiles o evidentes. Del mismo modo, El segundo encuentro de Caperucita con el lobo (Marko Pejović) nos recuerda la importancia de alentar a los niños y jóvenes a compartir experiencias negativas y traumáticas, a encontrar el valor de hablar de lo que les ha sucedido, pero también nos recuerda que debemos llegar a ser aquellos adultos con los que los niños se abrirían a contarles estos asuntos, que los debemos escuchar y respetar. Alen y la lámpara mágica (Miroslav Minić) te hará pensar en aquellos amigos de infancia que eran diferentes, que no encajaban en el grupo de chicos, aunque tenían algo magnético que despertaba tu admiración, pero desde la distancia, y te obligabas a no acercarte a ellos ni a ponerte de su lado. Este cuento te recordará la presión que sentías, o todavía sientes, de hacer que tus padres se sientan satisfechos y orgullosos de ti; te recordará la verdad que, espero, todo adulto ha llegado a descubrir: el dinero no sustituye aquello que nos llena, nos completa, aquello que realmente somos. Por otro lado, Desirée y la Reina de las Nieves (Marko Pejović) nos recuerda que muchos niños deben vivir momentos crueles y de soledad en su día a día. Desirée es diferente de forma obvia y fácilmente visible, y pronto aprende de su experiencia personal que el mundo está lleno de prejuicios, crueldad y violencia. Aun así, este cuento de hadas no tiñe el mundo de blanco y negro; se instala en una situación tensa, dramática y difícil: el dilema entre la amistad verdadera y la aceptación social, y permite los más pequeños verse reflejados en la envergadura de este dilema, tanto para Desirée como para Izan.
Estos cuentos recontados tienen su gran punto fuerte en que no rehúyen las cuestiones más difíciles, pero tampoco presentan una única solución definitiva. Los personajes tienen la oportunidad de reflexionar sobre sus acciones y las de los demás, de reunir el coraje y la fe en sí mismos, pero también de dar al otro la oportunidad de pensar, de cambiar de opinión, de aprender algo. Sí, quizá el mensaje más preciado que podemos mandar a los más pequeños es que todo lo que necesitan lo pueden encontrar en el fondo de su ser, pero también debemos ir con cuidado con este tipo de mensajes. Si escuchándose demasiado a ellos mismos eliminamos la importancia del otro y de la diferencia, de la comunidad y la comunicación, no habremos conseguido nada; le habremos robado a la juventud del futuro la posibilidad de aprender algo muy valioso: que un niño no debe ver al otro como su contrincante, enemigo o lobo.
PERSPECTIVA NÚM. 4: Una intérprete de lengua de signos para escolares con años de experiencia trabajando con un niño sordo
Durante un periodo de mi vida adulta estuve entre pupitres, en la primera fila al lado de la ventana, con un niño que era sordo y que, al empezar la escuela primaria, pudo oír por primera vez gracias a un implante coclear, pero también por primera vez se tuvo que enfrentar tanto a la lengua de signos como a la lengua hablada y escrita. Por más que intenté explicar repetidamente al personal educativo que en sus clases había un chico que, a pesar de sonreír, ser educado y estar bien aceptado en general por sus compañeros, cargaba con el estigma y el sentimiento de ser diferente, los ajustes que aplicaron fueron casi inexistentes. La maestra estuvo años gritándole la lección en vez de utilizar lo más básico de la lengua de signos, a diferencia de los demás alumnos, que lo dominaron bastante rápido. El profesorado se dirigía a mí en lugar de a él y rápidamente entendí que yo era la única con la que podía contar para adaptarle los materiales de clase y decidí omitir algunas cosas en la traducción (¿cómo se le traduce a un niño sordo la parábola bíblica del hombre ciego que, a través del poder de la fe, recibió el regalo de la vista?).
El estudiante con el que trabajé era distinto porque tenía una discapacidad física y, en cierto modo, aunque suene poco apropiado decirlo, esa discapacidad se convirtió en su bendición durante el proceso educativo. Su dificultad era tangible y demostrable, lo que le permitió tener una intérprete con él durante toda la educación primaria y secundaria. Con todo, el día a día en clase me hizo ver la realidad de muchos otros estudiantes cuyos intereses, formas de comunicación y procesos de aprendizaje eran igualmente diferentes. Esas diferencias no eran medibles como un grado de sordera, pero por su comportamiento en clase se podía deducir claramente que lo pasaban mal en el ambiente que los rodeaba varias horas al día. Me convertí, de algún modo, en la asistente personal de varios niños; personas que no eran capaces de aprender la tabla de multiplicar, pero que podían hablar sobre especies de tiburones o de ciudades australianas durante horas y horas. Algunos tenían problemas con la sintaxis de la lengua croata, pero no tenían ninguna dificultad en formar oraciones complejas en inglés. Acabé siendo la responsable de escuchar aquellas historias que no podían compartir con nadie más, historias que, de otro modo, se hubieran considerado una desviación del proceso educativo o meras fantasías que no tenían cabida en un recinto escolar.
Estos cuentos recontados están enfocados a personas que son distintas y están estigmatizadas en base a dificultades visibles y medibles, pero también mandan un mensaje mucho más importante que va más allá de las limitaciones a las que se enfrentan estos niños y niñas y que va orientado a los niños más «corrientes», los que encajan perfectamente en su entorno. Este mensaje es: todos somos diferentes. No existe una «diferencia» buena o mala. La diferencia es la base de nuestra personalidad y, si buscamos a conciencia en nuestro interior, veremos que nos vemos reflejados incluso en aquellas personas que parecen muy distintas a nosotros y también en aquellas que no sabemos cómo clasificar, aquellas que solemos llamar «raras».
PERSPECTIVA NÚM. 5: Una persona que ha sufrido estigmatización por su apariencia física
Dejo para el final el punto de vista que quizá sea demasiado emocional. Aun así, decido relatar la experiencia de alguien que, durante los años más vulnerables de crecimiento, sufrió de estigmatización diaria en base a la apariencia física. Lo más triste de toda la historia fue que, al fin y al cabo, la que me maltrataba más era yo misma.
A lo largo de mis 36 años de vida, solo durante los primeros meses mi cara estuvo libre de marcas de hemangioma que acabó por extendérseme por el labio inferior, la parte derecha de la cara y la oreja derecha con bultos hinchados de color morado. El hecho de que tu diferencia, tu mayor fuente de inseguridad, sea visible por todos —no solo aquellos con los que eliges compartirlo— te hace sentir realmente aislada, un sentimiento que, como más adelante descubrí, permanece contigo durante largo tiempo, por mucho trabajo de desarrollo personal y emocional que hagas.
Crecí en un ambiente familiar que me dio apoyo y, gracias a ello, llegaba a clase con un nivel de seguridad contagioso. Tengo muy pocos recuerdos grises de mi paso por la primaria y todos los comentarios desagradables que recibí los solía responder con humor, los ignoraba o bien me impulsaban a demostrar mi valía en todos los campos posibles. De este modo, obviamente me convertí en la «niña perfecta», la que consideraba indigno de sí misma llorar, admitir vulnerabilidad o sentirse diferente, por mucho que en realidad me costara adaptarme.
Recuerdo el alivio extraño y abrumador que sentí cuando, siendo yo una estudiante veinteañera, conocí por primera vez a una chica que había atravesado una experiencia inusualmente parecida a la mía. Al mismo tiempo sentí una gran alegría (¡no estoy sola!) y una rabia increíble (¡descubrir esto a mi edad ya no me sirve!). ¿Cómo era posible que en la misma ciudad que la mía, al mismo tiempo, a principios de los 90, existiera una chica con los mismos problemas que yo? ¿Por qué no tuve oportunidad de conocerla? ¿Por qué nunca oí la palabra «hemangioma» fuera del contexto familiar u hospitalario? ¿Por qué ningún libro de texto incluía ilustraciones de niños que tuvieran algún rasgo diferente? ¿Por qué las maestras y maestros se dedicaban a perseguir el acoso escolar, pero nunca dedicaban ni una clase a tratar asuntos como la empatía, la comprensión, la aceptación y la escucha activa?
Quizá entonces hubiera aprendido más fácilmente lo que todavía me cuesta asimilar: que ser vulnerable es normal, que sentirse herido es normal, que haya cosas que cuesten de superar es normal. Intento consolarme con la idea de que vivimos tiempos en los que finalmente se presta atención a aquellos asuntos que durante mucho tiempo se habían pasado por alto y silenciado, pero no me consuela del todo. Estoy segura de que incluso hoy, sentado en un pupitre viejo en una escuela remota, hay un Alen y un Ivan, una Bianca, una Desirée… Cada uno con sus diferencias, cada uno vulnerable a su manera y cada uno valiente también a su manera, una manera que deberíamos celebrar, escribir sobre ella, leer sobre ella, una manera de la que los más pequeños puedan aprender para sentir que no están solos.
No recuerdo todos los cuentos de hadas que he leído, pero estoy convencida de que recordaría uno que tratara los temas que exploran los cuentos recontados de Twisted Tales. Sé que lo recordaría, porque seguro que se hubiera convertido en mi cuento favorito.
